Epígrafe Fronterizo

"El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida, el precio de los garbanzos, del pan, de la harina, del vestido, de los zapatos y de los remedios dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y se ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el niño abandonado y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales"

Bertold Brecht

jueves, 26 de junio de 2014

Pinchanga política y nacionalismo futbolero


Fotografía: Deutsche Welle.

La ovación y la euforia fueron gigantescas en el Yaam, un cosmopólita club enclavado en la zona oriental de Berlin. Ubicado en An der Schillingbrücke, bordeando uno de los brazos del río Spree, cerca de Ostbahnhof, el Yaam ofició de espacio de encuentro para el cónclave rojo que fue repletando los rincones del lugar, frente a una sofisticada pantalla gigante. La apertura del marcador hizo que, antes de concluir el primer tiempo, las reservas de pisco apiladas al costado de la barra del bar pasaran a mejor vida. En medio el clamor nacionalista de la multitud chilena, la mitad de mi cerveza voló por los aires ante la impresionante visión del corto disparo de Alexis Sánchez, perforando el pórtico australiano. “Pocas veces he abrazado a tanto desconocido” - lanzó de pasada a mi lado un hincha chileno, mientras buscábamos la salida del recinto, tras haber concluido el partido.

El comentario siguió reverberando en mi memoria hasta el día siguiente. Para nosotros, un gol de la “Roja” puede hacer que el tiempo se detenga. Deviene un paréntesis, una exultante interrupción en ese agridulce trayecto personal que llamamos “existencia”. La alegría desbordante, ese estado emocional de algarabía asociado a la vulneración de la línea de gol del equipo adversario, puede llegar a constituir incluso un delicioso festín para la cavilación psicoanalítica. Pero, el abrazo, la microproximidad, el contacto de los cuerpos de dos desconocidos en medio de la euforia, es una excepción social. Y la euforia, esa loca que nos revoluciona, también. Dos personas que no se conocen, pero que se atribuyen un mismo denominador, la nacionalidad y, por extensión, las ansias de que su seleccionado triunfe en la contienda futbolera, pueden en estas inusitadas circunstancias suspender las odiosidades sociales, raciales, étnicas y de clase, para estrecharse en un abrazo sucedáneo de comunidad. Sí, “sucedáneo”; o sea, sustitutivo. Porque una vez celebrado el gol, la pelota es ubicada otra vez en la mitad de la cancha y, nuevamente, nos conectamos con la vivencia de competir y de avasallar al otro.

La sociología del fútbol trae esquisitas metáforas sobre un menú de realidades perturbadoras. El nacionalismo pelotero que exudamos ante la oncena de Sampaoli va a parar al tarro de la basura, luego del triunfo o de la decepción por la derrota. Una vez terminada la pichanga, retornamos a la anomia que hemos construido para sobrevivir en este eterno juego de competencia y de individualismo. Es por eso que el abrazo impetuoso a un desconocido, gatillado por un balón en la red, se erige como un comportamiento nutrido de significados ¿Por qué abrazamos a quienes no conocemos? Claro, rodeamos con nuestros brazos a nuestra pareja, a nuestros padres, hermanos y a nuestros hijos. Estrechamos con afecto a los amigos, al compinche, al pana, al brother, al yunta, pero no a aquel que no conocemos. Ese otro desconocido, al cual la mayoría de las veces y de manera muy cínica llamamos “prójimo”, nos importa generalmente un bledo. Muy poca gente sufre de insomnio, después de haber presenciado en la calle a ese “prójimo” en condición de indigencia, en brutal abandono y con grave riesgo en su salud. En casos excepcionales nos enteramos de los vaivenes vitales de nuestros vecinos y no neceseriamente debido a nuestra propia iniciativa o solidaridad. Miles de “prójimos” afixiados por el modelo neoliberal que segrega y modela nuestra vida social y privada; cientos de mapuche víctimas en el sur de la represión policial con aval gubernamental; o los millones de “connacionales” que ven permanentemente vulnerados sus derechos, no nos mueven ni un músculo de la cara, ni nos quitan el sueño.

El nacionalismo futbolero concurre como el aspartamo que endulza el agrio gustillo de la segregación social y de la explotación económica, ambas legalizadas en Chile. La estafa del sentimiento nacionalista radica, entonces, en disfrazar y blanquear la cruda conexión que existe entre explotadores y oprimidos. Bluffea con eso de la unidad nacional. Porque en la dialéctica del abrazo pichanguero se encuentran, por un lado, el fantasma del colectivo y, por otro, la estocada neoliberal de la segregación social. Por supuesto que el gol del “niño maravilla” nos removió hasta las tripas y lo gritamos con el corazón en la mano. Cuando gana Chile en esas lides, todos transitamos entre la borrachera y la resaca, con la dulce disfonía de la celebración. Sin embargo, el pitazo final siempre nos devuelve a la vida cotidiana que, al fin y al cabo, nunca desapareció. Tampoco los goles legislativos de mitad de cancha que las élites políticas y económicas nos propinan, mientras nuestros C-H-I se estrellan contra la pantalla del televisor. El asunto es que esos goles sólo los celebran ellos, allá en el camarín VIP de los privilegiados o en los lustrosos salones de La Moneda y del Congreso Nacional.

En el campeonato de los poderosos, nos han convencido de que la Copa se mira, pero no se toca. Sin embargo, nos han convencido solamente a medias. Es por eso que un abrazo futbolero puede dejar muchas lecciones. Sobre todo, lecciones de comunidad y de organización. Es difícil jugar un campeonato arreglado en favor de las élites. Disponen de su propia FIFA en el sistema político, la cual cobra y sanciona en favor de ellas. Pero, también están arribando a la cancha nuevos jugadores y, tímidamente, nuevos técnicos y dirigentes. Los estudiantes y los movimientos sociales llevan tres años sin bajar los brazos. Y eso ha transformado nuestras percepciones, en especial, aquellas que tenemos respecto de los otros. En otras palabras: con ese “desconocido” con el que celebramos, con aquel extraño con el que nos abrazamos festivamente, también podemos juntos -para sorpresa de los expertos- dar por primera vez vuelta el marcador.

(*) Publicado en la revista Bufé Magazín de Cultura y en El Quinto Poder.

domingo, 27 de abril de 2014

Reforma educacional y el conservadurismo clasista de J. J. Brunner


Fotografía: Sitio web Plataforma Urbana


Desde las movilizaciones estudiantiles del 2011 es que he visto nervioso a José Joaquín Brunner. Si su excitación viene desde antes, reconozco que no me enteré. Sólo recuerdo su acérrima defensa de la operática reforma educacional, aquella que terminó por desarticular en el 2008 las demandas de la “revolución pingüina”. Sin embargo, la fuerza que, a partir de la “Primavera de Chile”, adquirió la demanda por un cambio en 180 grados del sistema educacional chileno, ha correlacionado significativamente –en columnas y declaraciones- con la molestia del sociólogo. El anhelo por el fin del carácter mercantil del sistema educacional (con el lema “No al Lucro”) irrumpió con tanta fuerza, que el “zar de la educación superior” comenzó a revolverse incómodo en los sillones del establishment.

No se trata aquí de cuestionar su calidad académica, sino que algunas de sus posiciones políticas. En el 2008, cuando se discutía en el Congreso la reforma educacional chilena (denominada Ley General de Educación - LGE), calificó como “escándalo” la posibilidad de que no se aprobara la nueva versión de la pinochetista ley orgánica de educación, que maquillaba consolidando uno de los sistemas educativos más segregadores del mundo. Bajo los ropajes de la opinión técnico-académica, Brunner fue enhebrando con mayor cobertura mediática su posición política conservadora. Ya en agosto de 2011 encontraba poco seria la demanda por la gratuidad universal del sistema educativo, señalando –paradojalmente- que atentaba contra la equidad. Su defensa de la educación privada, lo ha llevado a cometer –deliberadamente o no- desvaríos conceptuales insólitos, como cuando sentenció que toda la educación [pública y privada] es pública”.

El 2014 devino con un formato remasterizado del sociólogo. Cuando a comienzos de año los estudiantes expresaron su oposición a la designación de Claudia Peirano como subsecretaria de educación (por su participación directa en negocios educacionales), Brunner calificó de “narcisista” la postura estudiantil. Lamentablemente, sus epítetos psicológicos reflejaron sólo su displicente arrogancia Con la renuncia anticipada de Peirano, la cual fue aplaudida por el movimiento estudiantil, la ofuscación del militante del PPD aumentó de tono. Interpelando al aún no estrenado gobierno de Michelle Bachelet, le auguraba a la futura administración “(…) una imagen empobrecida en términos de su capacidad de gobernabilidad y conducción". Brunner interpretó que los estudiantes le “habían doblado la mano” a la Presidenta y no que habían desnudado los conflictos de interés de Peirano.

La última arremetida fue contra el anuncio del actual ministro de educación Nicolás Eyzaguirre, quien se refirió a la intención del gobierno de acabar con la selección de alumnos en los establecimientos públicos denominados “emblemáticos”. Como para Brunner son el histórico semillero de las élites chilenas, se preguntaba “¡¿Cómo puede ser que los grandes defensores de la educación pública le den la última estocada a una de las pocas fuentes de creación de élites en el sistema escolar público?!”. Muchos nos preguntamos también cómo el anuncio de Eyzaguirre puede producir en la mente del experto esas visiones apocalípticas. Su vehemente defensa de una de las principales causas de la segregación social de nuestro sistema educativo es inquietante. Brunner con esas expresiones está reconociendo el carácter de amenaza del anuncio del ministro, respecto del principio constitucional de “libertad de enseñanza”, instaurado durante la dictadura militar. Es probable que para el sociólogo la eliminación del sistema selectivo en estos “buques insignias” (así les llama), implicaría que esa élite se educaría con aquellos que presentan condiciones socioeducativas más desfavorables, lo que desembocaría en el ocaso de la producción de la crème de la crème de la educación pública.

Todavía no conozco a nadie que emita declaraciones clasistas y que reconozca que lo hace. Pero, sí la frecuente defensa y admiración por las élites -especialmente, las económicas- como rasgo característico de nuestra cultura neoliberal chilena. En un país donde más del ochenta por ciento de la población tiene que hacer piruetas para sobrevivir o para sustentar una “vida digna” (llámese solvencia económica, más reconocimiento por la posición social), el estilo de vida de las élites golpea lo más profundo de la psicología y de las metas de vida las personas. El determinismo de la cuna y la segregación socioeducativa, son procesos sociales que permanentemente nos recuerdan que las desigualdades no son fantasías de espíritus resentidos. Con la excusa del mérito escolar o académico, la selectividad establece quién forma parte de algo y quién queda afuera. El problema es que la alusión al mérito es una falacia retórica que encubre el peso del origen social. Infelizmente para Brunner, el fin de la selectividad romperá decenas de muros sociales establecidos por el mismo paradigma educacional que tanto se empecina en defender.

La tragedia de su conservadurismo es que, al contrario, la apuesta por el fin de la selectividad y por la incorporación de la diversidad en toda su amplitud, mejorará con creces el sistema educativo. Nuestras hijas e hijos se enriquecerán, afortunadamente, con toda esa polifonía social. Aboliendo el secuestro de clase de las oportunidades educativas, en el aula convivirá la heterogeneidad económica, social y cultural. Ese es el anhelo que no lee el sociólogo; eso es lo que lastima su erudita reacción: que en la pulcra cubierta de esos “buques insignia”, los niños y jóvenes dejen de observarse entre ellos a través de la óptica del privilegio y de la exclusión social.

(*) Publicado en la revista "Bufé Magazín de Cultura" y en El Quinto Poder

lunes, 14 de abril de 2014

La Nueva Mayoría y el Voto Chileno en el Exterior: entre el disfraz y un traje que les queda grande


Como respuesta de la Coordinación “Haz tu Voto Volar” a la Sra. Isabel Allende, Presidenta del Senado de la República de Chile.

Partiremos haciendo una afirmación que puede resultar incómoda para la coalición política chilena denominada Nueva Mayoría: se equivocan los parlamentarios y el Ejecutivo al pretender que el establecimiento en la Constitución del voto chileno en el extranjero, de la manera en que lo están haciendo, se trata de un avance hacia la consagración de la democracia. Es incómoda la afirmación porque a pocas semanas de la primera cuenta pública de la presidenta Michelle Bachelet, está la necesidad imperiosa de realizar anuncios históricos, en este próximo 21 de mayo. Y aprobar una reforma constitucional que eventualmente habilita por primera vez en la historia de Chile el voto de nuestros compatriotas en el exterior, constituye un apetitoso acto declarativo.

Pero, la incomodidad ocurre también cuando algo que no se quiere que sea visibilizado o debatido, es puesto sobre la mesa para escrutinio de la opinión pública y ciudadana. Y eso invisibilizado, eso que no se quiere decir para no aguar la fiesta, es lo siguiente: La reforma constitucional que promueve el gobierno de la Presidenta Bachelet, no sólo no es un avance, sino que constituye inclusive un retroceso, en términos de los derechos políticos y ciudadanos ¿Por qué señalamos esto? Porque si la Constitución vigente ya reconoce de manera amplia el derecho a sufragio para todas las elecciones, sin importar si se reside en Chile o en el extranjero, la reforma constitucional que promueve el Gobierno reduce -en el mismo texto constitucional- el derecho a sufragio desde el exterior a sólo las elecciones presidenciales, incluyendo plebiscitos y primarias nacionales.

Y esto resulta paradójico. Si la Constitución vigente creada en una dictadura militar, en un contexto antidemocrático, cuya legitimidad se encuentra seriamente cuestionada, establece de manera universal el derecho a voto ¿por qué la coalición oficialista, que sistemáticamente declara tener convicciones democráticas, reduce en la misma Constitución los derechos políticos y ciudadanos? O dicho esto en términos de trámite legislativo ¿por qué pudiendo establecer en una Ley Orgánica Constitucional el tipo de elección y la regulación del derecho a sufragio desde el exterior, decidió dirigirse a la misma Constitución para generar deliberadamente ahí una situación de exclusión política? No se trata de que el Gobierno ignore esta lectura. Diferentes grupos de chilenas y chilenos organizados en el extranjero han señalado en detalle al Gobierno y a los actuales parlamentarios, sobre el problema de este proyecto de reforma Constitucional. Sin embargo, el Ejecutivo ha presentado esta operación legislativa como indeclinable.

En una columna del 12 de abril de 2014 publicada por el diario electrónico El Mostrador, la actual Presidenta del Senado, Sra. Isabel Allende, se refiere a este proyecto de reforma constitucional (Boletín N° 9069-07) sobre el voto chileno en el extranjero, el cual se encuentra ad portas de ser votado por la Cámara de Diputados con indicaciones en sala esta semana y que, de ser aprobado, volverá al Senado para someterlo a nueva votación. La Senadora Allende (co-autora del proyecto) señala que el voto de los chilenos en el extranjero es un derecho fundamental que amplía la democracia, afirmación de la cual no podemos estar más que de acuerdo. Sin embargo, dice que esta iniciativa otorgará el derecho a voto desde el exterior, afirmación que es incorrecta. Lo que no dice la Senadora es que nuestra Constitución Política de la República ya reconoce de manera amplia el derecho a sufragio a quienes cumplan con los requisitos para ser ciudadano, los cuales no tienen nada que ver con la residencia o no en el extranjero. Tampoco dice que una reforma constitucional no es necesaria para garantizar el ejercicio del derecho a voto desde el exterior. Como no se trata de establecer un derecho, porque ya está consagrado, sino que de “acercar la urna” al ciudadano que está en el extranjero, lo que procedía era debatir y trabajar por la aplicabilidad del derecho y no reducir su definición. Tal como lo hemos manifestado desde un principio, para lograr un mayor fortalecimiento de la democracia bastaría con una Ley Orgánica Constitucional –y/o reforma a la actual Ley N°18.700- que regule un sistema de voto desde el extranjero; la manera de ejercerlo; los tipos de elecciones en los cuales se podrá participar; y en caso de consagrar el voto en parlamentarias, zanjar de qué manera los chilenos en el exterior puedan tener un representante propio en ambas cámaras (por ejemplo, establecer una circunscripción y distrito exterior).

Es este debate el que debe darse en torno al objetivo de ampliar nuestra democracia. Lamentablemente, el actual texto en discusión, busca reformar la Constitución y zanjar desde ya el tipo de votación -solo presidenciales, plebiscitos y primarias nacionales, excluyendo las parlamentarias- en que los chilenos en el extranjero podrán votar. Ello es lamentable por varias razones: i) La actual Constitución no distingue el tipo de elección, razón por la cual esta reforma, al incluir expresamente ciertas elecciones y excluir otras, traería una limitación y un retroceso en cuanto al derecho a voto y establecería la exclusión política en el mismo texto constitucional; ii) el actual proyecto –de aprobarse- revela la inconsecuencia de muchos parlamentarios que, en su momento, votaron a favor de proyectos de ley que buscaban consagrar, entre otros, la posibilidad de votar en el extranjero por representantes en el parlamento (Boletín N° 3936-06). Muchos de estos legisladores, que en aquel entonces eran diputados, lo siguen siendo en la actualidad o son senadores en ejercicio; y iii) El actual proyecto de reforma contrariaría diversos Tratados Internacionales, Convenciones y Pactos, ratificados por Chile, actualmente vigentes, entre los que podemos señalar: Convención Americana de Derechos Humanos (art. 23 y 24); Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos (art. 25 y 26); Convención Internacional sobre la protección de los derechos de los trabajadores migratorios y sus familias (art. 41), entre otros.

Lo anterior es posible de ser enmendado. El diputado Giorgio Jackson presentó una indicación, la cual fue rechazada en la Comisión al ser aprobada la indicación del Ejecutivo, aunque podría ser “repuesta” esta semana en Sala. La indicación del diputado Jackson, siguiendo con el espíritu del proyecto original, busca llevar la discusión del tipo de elección a una Ley Orgánica Constitucional –que es lo que corresponde en derecho- y evitar que en la misma Constitución se limite el ejercicio del derecho a voto de los chilenos en el extranjero a cierto tipo de elección, limitación que ha pactado la Nueva Mayoría con la Oposición.

La cuestión acá no es avanzar dos pasos y retroceder tres. Chile y sus ciudadanos (todos independientemente de donde se encuentren) exigen un estándar mucho más alto en el camino de concreción de un real Estado Constitucional y Democrático de Derecho. Hacer lo contrario, sólo nos mantiene con una Constitución –en palabras de Karl Loewenstein- como un traje que nos queda grande, o en algunos casos, como un mero disfraz, pero en ningún caso como debe ser: La Constitución como un traje hecho a la medida.

Ya no se puede culpar ahora a la derecha, quienes – confundiendo el análisis sobre los derechos con el análisis sobre su aplicabilidad- insisten en imponer un vínculo censitario y antidemocrático al derecho a sufragio desde el exterior. Tampoco puede la Nueva Mayoría aludir a las matemáticas, a la dificultad de constituir los quorums requeridos, para justificar la presentación y aprobación de una reforma constitucional que genera exclusión política. La Nueva Mayoría podría contar con los votos necesarios en el Parlamento para alcanzar una situación de sufragio universal. Sin embargo, el Gobierno se ha empeñado en eludir la discusión de fondo sobre qué tipo de democracia queremos y sobre cómo participarán en ella las chilenas y chilenos en el exterior. La Senadora Isabel Allende, el Gobierno de Michelle Bachelet y la Nueva Mayoría saben que en estas lides influye mucho el diseño comunicacional con que se presente una operación político-legislativa. Decir que las chilenas y chilenos en el exterior podrán votar desde el extranjero en las próximas elecciones presidenciales, es un anuncio realmente sobrecogedor. Nadie puede objetar el impacto de un anuncio de esa índole.

Lo que no dirá el anuncio, en caso de ser aprobada la reforma que promueve el Ejecutivo, es que se establecerá la exclusión política en misma Carta Fundamental. Al establecer que las chilenas y chilenos en el exterior no podrán tener representación en el Parlamento, se supeditan el derecho y la democracia a los intereses particulares de los que disputan por alcanzar o mantener el poder. Los mismos legisladores de la Nueva Mayoría, junto a algunos parlamentarios de la Oposición, desean establecer que sus compatriotas en el exterior no podrán elegir a alguien que los represente en el mismo Parlamento en que ellos operan y dónde deciden los destinos de nuestro país. Buen negocio para los parlamentarios; mal negocio para la democracia. Y maquillar de mala manera mediante una reforma constitucional una operación de exclusión política, sólo servirá para una bonita foto para el discurso del 21 de mayo de la Presidenta. Pero será de aquellas fotos que, pasada la fiesta, luego de los brindis y de la borrachera, ya con la resaca, avergonzarán una vez más por su pequeñez política y por la deslucida imagen de los gestores celebrando el triunfo de la exclusión ciudadana.



Autores: Gustavo Fuentes Gajardo, abogado (Santiago de Chile); Oscar Vivallo Urra, psicólogo y politólogo (Berlin, Alemania)
(*) Publicado en El Quinto Poder.

viernes, 28 de marzo de 2014

El “Austrolibertario” y su retórica defensa de la Desigualdad

 

Fotografía: Radio Chile - Canadá

Independiente de que esté de acuerdo o no, imagine que alguien le dice lo siguiente: que la desigualdad es parte de la “naturaleza humana” y que esto ocurre porque “todos somos diferentes, es decir, desiguales”. Esta curiosa afirmación fue esgrimida por el abogado Axel Kaiser, en una columna en El Mercurio, publicada en marzo del presente año. Autodenominado en twitter como “austrolibertario”, sus textos despliegan argumentos que incluyen en su retórica conceptos como “democracia del mercado”, “sociedad de hombres libres” o, citando a Adam Smith, “sistema de libertad natural”. Su columna presenta como título la pregunta “¿Es la Desigualdad un Problema?” y su respuesta casi inmediata es que no lo es. Y no lo es, debido a que todos seríamos diferentes, lo que para Kaiser es lo mismo que decir que somos desiguales. Asimismo, la igualdad sería incompatible con la libertad. Inclusive, buscar la igualdad, que ha de desembocar en el debate sobre los derechos sociales, limitaría gravemente la libertad de las personas. La igualdad, entonces, en la sinapsis “libertaria” parece ser un sinónimo de homogeneidad. Y como somos diferentes, ergo desiguales, la igualdad conlleva en sí misma la coacción.

Estas volteretas semánticas, como las que muestra Kaiser, son apasionantes. Su defensa del neoliberalismo extremo, con continuas referencias a su autor de cabecera Friedrich Hayek (más otros conspicuos “libertarios” y “liberales”), ha tenido excepcional tribuna en algunos medios de prensa. Por supuesto que -para este “austrolibertario”- un sistema promotor de los derechos sociales nos dirige hacia el resurgimiento de los “regímenes totalitarios socialistas. Desentendido completamente de toda referencia al problema del poder, el destino de los seres humanos dependería de la autogestión individual. Se trata, entonces, de una visión despolitizada. En otras palabras, al invisibilizar las relaciones de dominación y explotación económico-política, la desigualdad pasa a ser un asunto de meras diferencias individuales. En clave libertaria, como todos somos diferentes, la desigualdad es “natural”. Si usted nació y forma parte de los grupos de poder o de esa mayoría de la humanidad que vive en condiciones de subordinación, la explicación está en la diversidad. Entonces, cuando Bachelet dice que la desigualdad es una de sus principales enemigas, Kaiser reacciona como resorte arguyendo que, de ser así, también para ella “la libertad y la diversidad humana son el enemigo”.

Sin embargo, ¿por qué Kaiser confunde abiertamente desigualdad con diversidad? ¿Por qué naturaliza lo que constituye a todas luces una construcción social? Cuesta aseverar si esa confusión es retórica, deliberada o involuntaria. Nadie elige al nacer quiénes serán sus padres, qué cuerpo tener, qué nivel socioeconómico tendrá, ni el momento histórico en que aparecerá en este mundo. Tampoco nadie puede decidir en qué sociedad y cultura dará los primeros pasos por la vida. Algunos dirán que esto se debe al azar; otros debido a una decisión divina. Por el momento, dejemos de lado la causa de todo aquello. La imposibilidad de elegir, de decidir u optar, es inexorable en el punto de partida. Devenimos antes de nuestra voluntad, de la percatación, de la explicación. Por lo tanto, la responsabilidad sobre nuestra posición primigenia en el mundo no recae sobre nuestros hombros, sino que en esos otros que nos reciben y que no nos dejan perecer a las pocas horas de haber inhalado los vapores de este mundo. Y digo “responsabilidad”, porque ésta no tiene lugar debido a la impetuosa participación de un instinto “natural” o de una fuerza incontenible de nuestro material genético. La responsabilidad sobre nuestra supervivencia es una construcción histórica y social; una noción fundada en que otros pueden decidir hacerse cargo -o no- de los primeros capítulos de nuestras vidas.

El niño o la niña que nace en el seno de una familia acomodada de Alemania, en el ostracismo violento de una aldea palestina o entre las ruinas de una poblado afgano, marcan un punto fuerte de inflexión o de diferencia. Devenimos en una diversidad de posibilidades corporales, sociales, económicas, culturales e históricas, sin la injerencia de la voluntad o de la posibilidad de elegir. En ese sentido, siempre seremos diversos, ahora y después. Pero, los primeros pasos transcurren siempre en torno al acuerdo de unos con otros, con relación a cómo será la vida de los que ya están y de los que vienen. Una comunidad puede establecer como legítimo que unos pocos tengan una vida rebosante de comodidades y oportunidades, a costa de que una gran mayoría muerda el polvo de la miseria o experimente la continua degradación de la explotación y la supervivencia. O una sociedad puede resolver que -en conjunto- asegurarán que la vida y la dignidad de todos sus miembros esté garantizada, haciéndose todos cargo del acceso de todos.

La desigualdad considerada “natural” y vista como un sinónimo de diversidad, es sólo un recurso retórico destinado a legitimar el modelo neoliberal de explotación. Es decir, para infortunio del abogado, la desigualdad no es un problema semántico, sino que político. Además, depende de las nociones predominantes o hegemónicas de justicia presentes en una comunidad humana; es decir, constituye una construcción social. La confusión de Kaiser entre desigualdad y diversidad, se exacerba aún más con su noción de naturalización de la desigualdad. La privatiza y la sitúa casi como una verdad de summa teológica. Por suerte no culpa a Dios, ni al Demonio, sino que al carácter natural de una mayoría en desgracia y de una minoría favorecida. Nada que hacer con las relaciones económico-políticas. A menos que el “austrolibertario” recuerde que la última vez que los trabajadores chilenos lograron situar en el poder su intención de consolidar y universalizar los derechos sociales, los militares -junto a la derecha económica- a sangre y fuego los devolvieron al lugar “natural” que les correspondía: a los libertarios calabozos de la subordinación y explotación.

(*) Publicado en Bufé Magazin de Cultura y en El Quinto Poder 

martes, 25 de febrero de 2014

La Reina y la Elección de su Corte: Lecciones de Zoología Política

 

Fotografía sitio web www.enaltavoz.cl

No importa el color del gato, lo importante es que cace ratones” -señaló con sorprendente pragmatismo Deng Xiao Ping, con relación a las reformas iniciadas hace décadas en la República Popular China. Aunque casi le costó la vida, la frase sigue reverberando hasta nuestros días, en la forma del ideal práctico que inspiró al líder reformista chino. Y aunque para muchos resulta ingeniosa y se haya escuchado en innumerables ocasiones, en los imbricados campos de la política, es decir, donde se ponen a prueba las relaciones de poder, la extrapolación de la ocurrente frase del líder chino no resulta tan atractiva. A más de 19 mil kilómetros de distancia, décadas más tarde, el pragmatismo neoliberal chileno ha dejado como lección elocuente, que sí importa el color del gato y que no es suficiente que sepa cazar ratones.

A mediados de enero de 2014, cuando la presidenta electa Michelle Bachelet hizo pública su nómina de ministros(as) y subsecretarios(as), las objeciones provenientes de distintos frentes agolparon los medios de prensa. Muchos reparos adoptaron la forma de afectada indignación, responsabilizando los “errores” en las designaciones al evidente secretismo con que la presidenta electa había adoptado tan cruciales decisiones. Resaltar en comillas la palabra “errores” puede resultar aquí muy conveniente. El número de personas cuestionadas, luego de que se señalara que hubo una rigurosa revisión de antecedentes, pone en tela de juicio la idea de que falló la prolijidad del examen, la efectividad del filtro selectivo.

Algunos de esos “errores” incluían a figuras como la economista DC Claudia Peirano, en Subsecretaría de Educación (por conflictos de interés y su rechazo en el 2011 a la gratuidad en la educación); al DC Hugo Lara, en Subsecretaría de Agricultura (por una querella en su contra por estafa y apropiación indebida); y al PRSD Miguel Moreno, en Subsecretaría de Bienes Nacionales (por condena en el 2011, como autor de ofensas al pudor). El listado de nombramientos objetados se extendió a la PPD Carolina Echeverría, en Subsecretaría de FFAA (a su padre, además, se le acusa de participación en crímenes contra los derechos humanos en la dictadura); y al PPD Ignacio Moreno, en Subsecretaría de Minería (por prácticas antisindicales en una huelga por mejoras en las condiciones salariales, de seguridad y salud, cuando fue gerente general de la empresa minera Cerro Dominador). Del mismo modo, los cuestionamientos alcanzaron al PS Mitchel Cartes -designado para la Intendencia de Tarapacá- por sumarios administrativos relacionados con negligencias en proyectos viales, cuando ocupó cargos de responsabilidad en la Dirección de Vialidad de la misma región.

En algunos de estos casos, la molestia ante estas designaciones resultan comprensibles. Sin embargo, en Chile, cuando alguien pone el grito en el cielo, es bueno observar las expresiones de indignación con cierta distancia. Más aún si surgen en el mismo campo de la política. Es que rasgar vestiduras, en un país donde todos(as) tenemos “tejado de vidrio”, despierta -no pocas veces- suspicacias con respecto de lo genuino de la indignación de quienes denuncian o se horrorizan con estos entuertos. Y aunque el presidente del PS, Osvaldo Andrade, encuentre una exageración el revuelo que ha suscitado esta situación (para el líder socialista, cuatro o cinco cuestionados de setenta nombramientos parecen constituir una situación marginal), los casos de conflictos de interés, como el atribuido a Claudia Peirano, traen al recuerdo la pragmática tesis china. La defensa inicial que la propia presidenta electa erigió en torno a Peirano (conociendo de antemano sus antecedentes) y la defensa corporativa de ella por parte del denominado “club de expertos de la educación” (léase José Joaquín Brunner, Mariana Aylwin y Patricia Matte, entre otros), ponen en relieve la importancia de saber de qué color serán los gatos que cuidarán la carnicería.

Es probable que el filtro selectivo tenga una función secundaria ¿Por qué no le importaron a la presidenta electa los antecedentes en el ámbito educacional de Claudia Peirano, antecedentes que conoció con anticipación? ¿Por qué no fueron relevantes para Michelle Bachelet los negocios de Peirano y los de su ex-marido, forjados al alero del sistema de subvenciones escolares? ¿Por qué no fue impedimento para su nombramiento como subsecretaria de educación, que tres años atrás la economista PPD haya adherido a una carta que se oponía a la gratuidad universal en el sistema educacional? Las objeciones ante su nombramiento señaladas por las organizaciones estudiantiles tuvieron como resultado -entre otros efectos- la molestia neoliberal de José Joaquín Brunner, quien tildó hasta de narcisista la oposición de la dirigencia estudiantil al nombramiento de la economista. La presidenta electa, con reparos, aceptó la renuncia de Peirano, pero no porque su designación contraviniera un proyecto político (recuerden que poco antes de las elecciones presidenciales nadie conocía su programa de gobierno); no porque haya elaborado un proyecto político transformador y Peirano nadase contra la corriente; sino porque su confirmación en el cargo hubiese suscitado conflictos políticos no deseados con los movimientos sociales. Es decir, criterios de corto alcance.

Pregúntenle a cualquier líder de la coalición que gobernará Chile en el próximo período, cuál es -para los próximos cincuenta años- el proyecto político transformador y alternativo a ese modelo neoliberal que ha precarizado el país en las últimas tres décadas. Y, además, pregunte cuáles serán las estrategias para que, por las vías institucionales, ese proyecto se consolide en el tiempo. Lo más probable es que no encuentre respuesta alguna o, con suerte, sea testigo de una espléndida y felina finta o de un culposo ronroneo. Cuando la política opera con principios neoliberales, la consecución y mantención del poder, junto a la rentabilidad política y económica de su ejercicio, relegarán a los rincones de la república la necesidad de un proyecto político transformador. Se trata del pragmatismo en su máximo esplendor: el poder por el poder y el erotismo felino de su rentabilidad. Y para eso, el color de los gatos importa realmente un bledo.

(*) Publicado en la revista Bufé Magazín de Cultura y en El Quinto Poder

viernes, 24 de enero de 2014

El Juego de los Lobos


Fue durante mi niñez, en una primavera florecida en Temuco, que me levanté mirando ese fuerte sol matinal desde mi ventana que enfrentaba al derrotado cerro Ñielol. A través los humedecidos vidrios, pude distinguirlos a trote firme y en filas perfectas, girando desde la calle Prat, hasta alcanzar el pastelón central de la antigua Avenida Balmaceda. Vistiendo camisetas blancas de manga corta, pantalones y botas militares, los conscriptos coreaban versos de amenaza apilados en rabiosos y marciales himnos. Cuando se es niño estas escenas son, a la vez, sorprendentes e intimidantes. Los cánticos patrioteros prometían asesinar a docenas de argentinos, peruanos y bolivianos, encumbrando aquel odio como el belicoso aullido de la jauría. Sobre los adoquines de la antigua avenida, el canto militar se volvía juramento de guerra, un compromiso de morir por la patria, una búsqueda del esquivo honor, sólo merecido con la propia muerte en el campo de batalla u obtenido con la vida interrumpida para siempre del enemigo doblegado.

Era la década de los ochenta y la jauría aparecía una vez por semana, con la misma monserga chauvinista. Sin embargo, durante nuestra niñez nunca pudimos encontrar una explicación satisfactoria que relacionase el honor y el patriotismo con el asesinato de personas de países vecinos. Desafortunadamente, en este caso, la historia es cíclica. Pocos años atrás casi nos habíamos embarcado en una guerra fratricida con Argentina. Y hasta el día de hoy las castrenses melodías aún exudan xenofobia, racismo y nacionalismo. En febrero de 2013, el gobierno boliviano presentó un reclamo formal al gobierno de Chile por el contenido xenofóbico de los cánticos que entonaba un grupo de soldados, mientras trotaban en Viña del Mar. “Argentinos mataré, bolivianos fusilaré, peruanos degollaré” -destilaban los brutales versos parafraseados por más de cincuenta cadetes de la Academia Naval.

Lo que no saben estos querubines es que nunca en una guerra se muere por la patria, sino que por las siderales ganancias de los que profitan de una contienda bélica. Son los grandes intereses económicos, casi siempre privados, los que arrojan a multitudes de plebeyos a aniquilarse mutuamente. En el caso del diferendo marítimo que tuvo en ascuas a Perú y Chile en la Corte Internacional de la Haya, los grupos económicos miraban complacidos sus calculadoras. Quizás era el grupo Angelini el que, temiendo un fallo adverso, preveía una merma en sus negocios pesqueros. Horas antes del fallo, mientras tropas chilenas y peruanas se acuartelaban en la frontera, los chicos Forbes, es decir, los Matte, los Solari, Cúneo o Paulmann, entre otros, ya contemplaban para el 2014 -cualquiera sea el resultado- un aumento de la inversión en Perú de alrededor de mil millones de dólares, con relación al año 2013. Es interesante constatar, una y otra vez a través de la historia, que todo conflicto bélico es más que todo un excelente negocio. Y que la guerra sólo es factible cuando estos intereses económicos se ven seriamente afectados o cuando un enfrentamiento militar provee de suculentos retornos para hacer crecer o crear nuevos mercados.

En las lides de la jauría, los “machos alfa” saben a la perfección qué hacer con la manada. En el siglo XVII, el científico y filósofo francés Blaise Pascal ya entreveía el engaño chauvinista a la base de toda contienda armada: “¿Puede haber algo más ridículo que la pretensión de que un hombre tenga derecho a matarme porque habita al otro lado del agua y su príncipe tiene una querella con el mío aunque yo no la tenga con él?” -escribió Pascal, en “Pensamientos”, recopilación póstuma aparecida en 1670. Y, efectivamente, en el 2014, mientras los chicos de ropa militar continúan canturreando su xenofobia servil y santifican permanentemente sus afilados corvos y sus relucientes fusiles, la fraternidad latinoamericana sigue supeditaba a los balances trimestrales del capital financiero y de la industria armamentista.

De lo menos que se avergüenzan estos jóvenes es de su pueril ignorancia. No saben para quiénes trabajan, aunque eso sea responsabilidad de todos(as) nosotros(as). En octubre de 2012, el premio nacional de historia Gabriel Salazar señaló que los militares debían salir de la burbuja de sus cerradas instituciones formativas y encontrarse con nosotros(as), la sociedad civil, en universidades y colegios. Es que en la diversidad de la vida civil -y no sólo en la vida uniformada- podrán comprender los lazos fraternos que nos unen con los demás pueblos latinoamericanos. Sólo entonces, el corvo y el fusil dejarán de exhibir el filo de la xenofobia y un calibre nacionalista. Así, por fin, en medio del juego de los lobos, todos estos jóvenes descubrirán algún día quiénes son los que furiosamente los llaman a la guerra.

(*) Publicado en la revista Bufé Magazin de Cultura y en El Quinto Poder.

jueves, 23 de enero de 2014

Patricio Navia, el Lucro y el Sexo ¿Se pueden mezclar peras con manzanas?



Fotografía de revista The Clinic

El Lucro y el Sexo”. Así tituló su columna el cientista político chileno Patricio Navia, publicada el 22 de enero de 2014, en el diario electrónico El Mostrador. En ella, el autor expuso sus cuestionamientos a dos sectores políticos que él denomina, recurriendo al recurso de la caricatura, como “derecha antisexo” e “izquierda antilucro”. Aborda críticamente ambas posiciones, a las cuales atribuye la creencia de que la intervención del Estado es necesaria para prohibir, regular y/o restringir el ejercicio de la sexualidad y del lucro, que ambos sectores, respectivamente, demonizan. Asimismo, pone en tela de juicio las objeciones que esta “derecha antisexo” ha dirigido contra aquellas políticas públicas destinadas a promover la “(…) educación sexual en las escuelas, distribución gratuita de condones o acceso a la píldora del día después”. Por otra parte, su reproche se extiende a “los izquierdistas [que] dirán que el lucro se debe prohibir en la educación o, incluso, en cualquier actividad que implique recursos públicos”.

El autor se incomoda con la idea de una eventual acción supresora del Estado contra lo que él denomina “el orden natural de la vida”, orden al cual pertenecerían la sexualidad humana y el interés por el lucro. Es que la prohibición o la restricción excesiva, por parte del Estado, de ambas prácticas (que define como inevitables), pondrían en riesgo la libertad y la felicidad de los individuos y de la sociedad. No se trata aquí de cuestionar las creencias personales del autor, en el entendido de que él, como cualquier otra persona, tiene el derecho a pensar lo que quiera y cómo quiera. Sin embargo, al referirse a los límites de las atribuciones del Estado y del régimen de lo público, se introduce en ámbitos de la vida social y política que conciernen a todas y a todos. Es decir, su pluma se desliza a otro nivel de discusión, trasladando sus ideas personales a las esferas del debate público, más allá de sus concepciones morales y políticas particulares.

Los argumentos expuestos son interesantes, específicamente por la forma en que fueron construidos. Es que su línea argumentativa presenta –entre otros aspectos- dos puntos críticos que resultan convenientes de aclarar. En primer lugar, es muy probable que Navia esté mezclando peras con manzanas. Esta expresión popular alude a la acción reflexiva de poner en el mismo nivel de discusión, dos categorías que se analizarían mejor ubicándolas en dos niveles diferentes. Específicamente, el autor ubica, tanto a la sexualidad, como al interés por el lucro, en el mismo nivel de análisis, obviando que cada una de ellas es objeto de injerencias diferentes por parte del Estado.

Sugiere que tanto la “derecha antisexo” y la “izquierda antilucro” promueven la coerción estatal y la restricción de libertades y derechos fundamentales. Desde su perspectiva liberal, el autor olvida que ambas prácticas han sido instaladas de manera diferente en el debate público y que han presentado relaciones disímiles, e incluso inversas, con la institucionalidad pública. En el caso de la sexualidad, la legitimidad de la diversidad de las orientaciones sexuales (que no tienen nada que ver con patologías sexuales y/o de personalidad, como la zoofilia o la pedofilia) aluden a libertades sociopolíticas, derechos reproductivos y derechos ciudadanos que aún siguen siendo vulnerados en Chile. Y aquí el Estado ha operado activamente con criterios de hegemonía coercitiva, principalmente conservadora. Tal como dice Navia, el pensamiento conservador ha instado para que el Estado sancione –y no garantice- el ejercicio de estas libertades y derechos.

En el caso de la educación, el modelo rentista opera, por repliegue del Estado y de su institucionalidad, en desmedro de una mayor igualdad de oportunidades educativas y de movilidad social, generando sociedades segregadas socioeducativa y socioeconómicamente. En este caso, el repliegue del Estado y del régimen de lo público se ha visto acompañado de la promoción del lucro y del protagonismo de los mercados. Y esto ha tenido como consecuencia, al contrario de la coerción estatal activa frente a los derechos sexuales y reproductivos, un deterioro significativo de los derechos sociales, especialmente del derecho a la educación. En el caso de la sexualidad, la acción activa del Estado -con hegemonía de criterios conservadores- ha restringido las libertades y derechos sexuales y reproductivos. En el caso del lucro en la educación, la acción pasiva del Estado -su repliegue y la preeminencia del mercado- ha tenido como resultado la vulneración de los derechos sociales, en especial los derechos educativos.

Un segundo punto crítico es la alusión de Navia al “orden natural de la vida”. Esto trae consigo problemas en torno a las discusiones relativas al origen del orden social. Aquí omite que la sexualidad y el interés por el lucro tienen anclajes diferentes en sus dimensiones biológica y social y que, además, ambas prácticas constituyen también construcciones sociales. No son inmutables y dependen de sus contextos históricos, políticos, económicos, sociales y culturales. Al referir al “orden natural de la vida”, el autor corre -en ese terreno argumentativo- el riesgo de naturalizar las prácticas sexuales y el interés por el lucro, con consecuencias relevantes para su noción de libertad vinculada con ellas. Todo imperativo categórico que “naturaliza” aspectos de la vida humana, confiere a esos aspectos el carácter de inmutabilidad y de independencia, con relación a los contextos en que se desarrollaron. E, incluso, de las relaciones de poder en que están insertos. En tal sentido, mediante este principio de naturalización, asigna al interés por el lucro –homologándolo con la práctica sexual- un carácter esencial “para la preservación de la especie [humana]”

La defensa o el rechazo al lucro en la educación corresponde a un debate muy diferente al de la discusión sobre el lucro en sí mismo. Y es probable que la línea argumentativa de Navia enfatice más la libertad de lucrar, que su aplicación misma en el terreno educativo. Quizás en este punto esté confundiendo peras con manzanas. Las libertades no son situaciones que se cogen a la vuelta de la esquina. Las preguntas sobre las libertades deben acompañarse de su contextualización sobre los derechos que son afectados, positiva o negativamente. No se trata, entonces, sólo de una discusión de un problema de la institucionalidad pública o del Estado, en sus operaciones restrictivas o emancipadoras. Es más que un problema técnico-político. Es un problema político con todas sus letras, debido a que tanto la sexualidad de las personas, como el interés por el lucro en la educación, son procesos que exceden el ámbito privado de las libertades individuales, para ubicarse en un contexto de relaciones asimétricas de poder y de impacto en derechos de distinta índole.

A veces hay que pelar la manzana y la pera para percibir que son frutas diferentes. Si la coerción estatal “conservadora” restringe las libertades y derechos sexuales/reproductivos, es posible que en el caso de una coerción estatal “izquierdista” frente al lucro en la educación, el derecho a la educación se fortalezca y deje de tener la función segregacionista y vulneradora de derechos sociales observable en el Chile neoliberal de hoy. O sea, a la inversa de lo que dice Navia. Quizás, a la inversa de la naturalización y de la descontextualización.